Genes Hox

Genes Hox en distintas especies

Una de las dificultades conocidas de la teoría de la evolución, es que la naturaleza contradice algunos de sus supuestos. Uno de los conceptos más contradictorios con la teoría es el que se llama “Estasis de las especies”. Este concepto es sencillo de aprender. Hace referencia al hecho de que las especies tienden a mantener su estructura biológica, sin cambiar, por eones, millones de años (como lo demuestra, por ejemplo, el pez pulmonado Celacanto). Así, casi todas las especies aparecen repentinamente en un período muy corto del Cambrico y han mantenido sus estructuras biológicas desde esas fechas (si es que no se han extinguido).

En el libro “Darwin no mató a Dios” del Profesor Universitario en Biología, Antonio Cruz, Editorial Vida, nos deleita con uno de esos casos que la teoría de la Evolución no puede explicar: el de los genes Hox. Estos genes fueron creados una y sólo una vez para ser usados en todas las especies conocidas. Tales genes no han mutado, ni desaparecido, ni cambiado desde las primeras formas, y son los mismos, por citar un ejemplo, para los seres humanos que para una mosca. Pero tales genes, a pesar de ser intercambiables entre especies, generan los órganos diferenciados que conocemos. Así, por ejemplo, el gen Hox que genera el desarrollo de una cabeza en la mosca, es el mismo gen intercambiable que genera la cabeza en el ser humano, tanto así, que podemos reparar una mosca que tiene este gen dañado con el mismo gen humano. Esto no era de esperarse de acuerdo a la teoría por selección natural que depende de los cambios graduales en los genes para explicar la diferencia entre las especies.  Veamos que nos cuenta Antonio Cruz (tomado de su libro).

El misterio de los genes Hox

A pesar de todo lo que se diga, la genética siempre fue enemiga del darwinismo en particular y de la teoría de  la evolución en general. En contra de lo que pensaba Darwin, las mutaciones que observaba Mendel  eran capaces de convertir un guisante liso en rugoso sin ningún tipo de gradaciones intermedias. Los cambios uniformes y graduales del darwinismo eran  desmentidos por las mutaciones bruscas y repentinas de la genética. No obstante, fue el genetista ruso Theodosius Dobzhansky quien en 1937  convenció al mundo científico de que la genética y el darwinismo podían llevarse bastante bien. Propuso que aunque el efecto de varias mutaciones podía ser mínimo, la selección natural era capaz de jugar con ellas y favorecerlas o eliminarlas a su antojo, provocando así la evolución de las especies. Tales ideas se conocen  como la teoría sintética o neodarwinismo.

Pues bien, en la actualidad vuelve a ser otra vez la genética quien viene a rechazar los argumentos de Dobzhansky, a propósito del descubrimiento de los llamados genes Hox. Las mutaciones provocadas en la mosca del vinagre, la famosa Drosophila, se conocen casi desde el principio del siglo XX. En 1915 se encontró una mutación que transformaba del cuerpo de la mosca. Cambiaba la parte anterior del tercer segmento del tórax (que suele posee unos pequeños órganos llamados halterios capaces de estabilizar el vuelo) por una copia del segundo segmento, que es donde van las alas. El genetista que descubrió estas mutaciones, Calvin Bridges, lo llamó bithorax. Cuatro años más tarde encontró otra mutación, la llamó bithoraxoid, que hacía lo mismo pero con la parte posterior de dichos segmentos. Pues bien, la combinación de ambas mutaciones daba lugar a una mosca con cuatro alas en vez de dos y ocho patas como las arañas. Una verdadera pesadilla para los  neodarwinistas.

Los genes del tipo bithorax, donde se producen tales mutaciones, residen el nombre de genes Hox y actualmente se conocen ya docenas de ellos. Se ha descubierto que su función principal es regular a otros genes, y que están dispuesto en el cromosoma en fila y en el mismo orden que las partes del cuerpo sobre las que actúa cada uno de ellos. Pero lo más extraordinario y que ha dejado perplejos a los investigadores es que tales  genes no son exclusivos de la mosca Drosophila sino que existen en todos los animales y en el ser humano. El orden de estos genes, que siempre es el mismo en todas las especies, a la izquierda lo que especifican la cabeza, después lo del tronco y a la derecha los del abdomen. Además se ha comprobado que son intercambiados entre especies. Un gen Hox llamado Deformed especifica  la cabeza de la mosca, pero también la de un sapo, un ratón y un hombre. Esto significa que un gen Hox humano puede curar una mosca que tenga el suyo mutado, pero no le producirá una pequeña cabecita humana sino una de mosca. Estos genes no crean estructuras, sólo seleccionan aquellas que tienen disponibles cada especie animal.

Este descubrimiento constituye la mayor sorpresa para los biólogos en los últimos cien años. Desde Darwin se había creído que todas estructuras de los seres vivos, incluidos los genes, evolucionaban desde lo simple a lo complejo. Los animales primitivos debían tener genes primitivos. Según tal criterio, era de esperar que una mosca tuviera genes muchos más simples que un ser humano, ya que su cuerpo es también mucho más sencillo. Además, lo lógico sería esperar profundas diferencias entre los genes de seres tan alejados entre sí en la escala evolutiva. Cientos de millones de años de mutaciones y selección natural habían impedido que genes de mosca y de hombre pudiera siquiera parecerse lo más mínimo. Sin embargo, los genes Hox vienen a decir que todo esto era erróneo y que el darwinismo es incapaz de explicar el genoma de las especies vivas.

Sampedro lo expresa así: “Se trata, en mi opinión, del conjunto de hechos más sorprendente y enigmático que la genética ha descubierto en todo su historia, porque revela que toda la deslumbrante diversidad animal de este planeta, desde los ácaros de la moqueta hasta los ministros de cultura, pasando por los berberechos y los gusanos que les parasitan, no son más que ajustes menores de un meticuloso plan de diseño que la evolución inventó una sola vez, hace unos 600 millones de años. Y que, sin embargo, es tan eficaz y versátil que sirve para construir casi cualquier cosa que uno quiera imaginar, nade, corra, vuele o resuelva ecuaciones diferenciales. Nadie, absolutamente nadie, se hubiera imaginado una cosa semejante hace 20 años, no digamos ya en el tiempo de Darwin” (Sampedro, 2002). Si se sustituye en este párrafo “la evolución” por “el creador” se entiende mucho mejor la sorpresa que se ha llevado el estamento científico.

Los genes Hox no se han ido gestando lentamente lo largo de 600 millones de años de evolución gradual, ni se han producido por macro mutaciones o según el equilibrio puntuado: estaban ahí desde el principio de la creación. Si uno de estos genes Hox procedente de un hombre es capaz de curar a su equivalente en la mosca, es evidente que los que los genes Hox han conservado muy bien su función y no han cambiado lo largo de las eras. Las alteraciones en dichos genes producen cambios importantes en los animales, que en vez de mejorarlos les perjudica notablemente. Las moscas con cuatro alas y cuatro pares de patas son organismos deficientes incapaces de dejar descendientes fértiles que mejoren la raza. Quienes se empecinen en no ver la mano de una inteligencia superior detrás de los genes Hox y quiera seguir apelando a la imposible evolución ciega de la materia, allá él con su conciencia. Pero que no pretende acusar de fanatismo religioso a quienes concluyen que la lógica y la sensatez de los hechos observados imponen el diseño y no el azar. También hay fanatismo el seno de la ciencia.

Libro: “Darwin No Mató a Dios” (c) Antonio Cruz, Editorial Vida, pag. 119-122. ISBN-13: 978-0-8297-4358-6